Siempre me ha maravillado esa solidaridad espontánea, rocosa y primaria que nace entre nosotros ante la pregunta sobre la ubicación de una calle, decir la hora (ya menos) o dar fuego (para fumar, aún menos, afortunadamente) que sin saber cómo, está establecido, tengamos el derecho natural de solicitar y por la otra parte toda la obligación de asistir. En una internacional de reciprocidad, de ayuda menor, fraternidad y camaradería.
Es un servicio gratuito entre iguales, de hoy por mí y mañana por ti, que no hace falta que te enseñen, viene ya de serie, en ese comportamiento exigido que nos permite vivir en sociedad.
Es un hecho simple que habla y delata nuestra generosidad como tribu, como pueblo. Que dice mucho de nosotros. Los hay que ante la consulta sobre una dirección y dada su proximidad, se ofrecen incluso a acompañarte aunque vayan en sentido contrario.
Y si se hiciera un estudio resultaría que hay provincias, regiones o zonas más proclives a colaborar, como las rurales, donde el ritmo de la vida es más lento en comparación con la vida frenética (frenopática) de la gran ciudad. O por caracteres, como se asocia a la simpatía, a la tacañería o el ahorro.
Dicho esto, este buen ejemplo de civismo, me cuesta entender todos aquellos comportamientos que se alejan de este patrón. Recuerdo, con cierta decepción y amargura, episodios de estar buscando aparcamiento y ver a alguien próximo a dejar un sitio libre y acercarme para interrogar si marchaba y recibir como respuesta un no. Dar otra vuelta y en esa siguiente, descubrir el sitio vacío.
















.jpg)
.jpg)
