Aunque hago poco gasto del tubo por rayos catódicos (tv), excepto para informativos y revisión de pelis antiguas (Sed De Mal, Sueño Eterno), este poco consumo no me impide conocer que se haya entregado el Mayor premio de un concurso televisivo no sin cierta polémica. (La cuantía de los botes acumulados se actualiza, paralelamente, sin un índice referenciado, en la misma medida y proporción que las incautaciones de alijos de droga: siempre el último es el más grande).
Sorprende, parece ser, que la señorita ganadora pudiera acertar la respuesta definitiva sobre el nombre de un jugador de fútbol americano en un partido equis, en unas circunstancias "i", por la lejanía e irrelevancia del hecho, y, por la temática de la pregunta.
Pero bien, yo vengo a hablar no de mi libro pero si de las palabras. Amo las palabras. Esos pequeños ladrillitos que permiten construir el idioma. Unos, grandes, fundamentales, y otros pequeños, diminutos, que son como calzos para apuntalarlos y que en la pared del lenguaje, los grandes, queden anclados y se mantengan.
Las hay para todos los gustos, de todas las medidas, con fácil acceso por uso corriente o reservadas, rodeadas de cierta exclusividad. Acordes con la ocasión. Pomposas, grandilocuentes, sutiles, humildes, escuetas, lúgubres, amables.
A veces su composición, su envergadura, se apareja y se corresponde con su significado y a veces no.
Todas parecen haberse desarrollado a partir del concepto que expresan y se diría que su musicalidad las define, las delata. Dúctil, frágil, etéreo, esdrújulo, ceporro, tongo.











