Las películas nos gustan porque su temática nos toca de algún modo, nos afecta, nos conmueve, mantenemos algo en común pero esas afinidades no son estables, permanentes, en los demás casos, fuera de nosotros. Quiero decir, nuestra experiencia, la sensación que experimentamos ante un film no es extrapolable o compartible para un segundo o un tercer cinéfilo.
Por tanto, hablar de cine es una tontería o una inutilidad. Y mucho más recomendarlo. Transmitir un sentimiento es una ardua tarea. Es como hablar de sexo o explicar la sensación de degustar un bombón. El cine se visiona, el sexo se practica, el bombón se come. Así de fácil.
Me inicié como lector con Fotogramas y luego cambié a Dirigido por... y seguí durante algún tiempo programas televisivos sobre el Séptimo Arte. Ahora voy por libre. No encuentro donde documentarme y soporto como mejor puedo la avalancha de películas y series, que inundan las plataformas. En este momento se hace más necesario que nunca un Ambrosio, un antiguo mayordomo y chófer, reconvertido, que se dedique a encontrarnos películas de inusitado interés.








































