Hace poco asistí a los prolegomenos de la liquidación, y, cierre definitivo, de una tienda de discos.
Es en extremo desagradable. Tiene algo luctuoso, de entierro, aunque sea comercial.
Para los de mi generación que crecimos y hemos estado durante tantos años cultivando este "hobby", el frecuentar estos locales, como cazadores, con la avidez y la esperanza de descubrir algo viejo "nuevo"; de completar esa lista teórica de nuestros favoritos, el cierre de uno de estos locales conlleva algo de ruptura de ese cordón umbilical, y, altera, modifica y erradica una forma de relación y de vida. Así, de un plumazo.
Ya sé, ya sé que no se acaba el mundo. Que afortunadamente hay otras formas de seguir siendo cliente, de consultar los catálogos, hasta más cómodas, inclusive, pero ninguna comparable al ritual físico de manipular los discos cuando los hubo y los Cds ahora en un relación táctica, de tocar, cautivadora y excitante.
Es justamente la diferencia que existe entre tomar un café en casa o que te lo sirvan en una cafetería.


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