Para cuantificar y visualizar el grado de decepción ante lo que nos rodea, tengo confeccionada una lista de deseos incumplidos con pequeñas y grandes gestas de conquistas inalcanzables que estos ojos no van a ver. Son mejoras estéticas, adelantos confortables, avances sociales, que por su naturaleza o envergadura complican su arreglo o consecución.
Últimamente estoy de enhorabuena, he tachado dos en el plano urbanístico: la demolición de un caserón siniestro en una de nuestras calles y la rehabilitación de una finca centenaria, con solera, en la plaza céntrica y neurálgica del Barrio.
Pero mis aspiraciones, el papel lo soporta todo, no tienen límite. Abarcan lo social y hasta lo legislativo. Y es ahí donde pierdo toda esperanza.
Con la escasez y el bien común que representa el trabajo, imaginaba un futuro idílico, ya libre de humo, con la prohibición, por fin, de fumar en las terrazas y dando rienda suelta a mis elucubraciones, pensaba en una lejana sociedad justa y distributiva, donde el trabajo para la Administración debería regularse y concederse solo por un periodo de 10 años.
A ver si me explico. Tener la suerte de entrar en Administración es un preciado botín como para disfrutarlo por toda una vida. Siendo las plazas limitadas y ofrecidas por concurso, no hay opciones con el sistema actual y es sólo para unos pocos. A veces esos pocos, son de una misma familia (enchufados) o de una misma capa social (privilegiados).
Con mi sistema, por cada plaza fija, "en propiedad", sería ostentada en un ejercicio por 4 personas, obligándonos, igualitariamente, a todos a buscarse la vida sin ese paraguas protector. Verdad que la cosa cambiaría?


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