Curioseando la prensa digital, detecto la noticia de relleno, para ampliar oferta y llenar hueco, sobre la calificación obtenida como mejor panettone a no se quien, en no se donde. Y me llama la atención, que dos palabras contrarias puedan ir en la misma frase: el ahora popular dulce y el adjetivo mejor.
Este engendro de la repostería, esta especie de magdalena gigante, no puede ser bueno en ninguna parte. Puede estar magnificamente realizado, hecho con la mayor voluntad, con los mejores ingredientes, pero empiricamente es malo, por irrealizable. Por no entendible.
Me confesaba un aprendiz de todo que, naturalmente, no encajaba en nada, como durante su experiencia de ayudante de pastelero conoció que la masa de los croissants lo admite todo, de tal modo que los retales generados por otras especialidades, incluso en dudoso estado, se abocan en la montaña de esta "luna creciente".
Bien, pues a mi me da que la masa del panettone admite los restos sobrantes del croissant en cualquier estado.
Yo puestos a coger colesterol, prefiero las yemas de Ávila o de Santa Teresa que debe ser con ese nombre uno más benigno (del bueno). Ahora entiendo que en esta provincia nunca ocurra nada. Ser fabricantes exclusivos de ellas les salva como paragüas ante corrientes sucesos. Sólo se habla de ella, de pasada, en algún gélido parte metereológico.
El panettone triunfa no por su condición sino por su presencia. Por el envoltorio. Es el regalo comodín predilecto de los tacaños, y se diría, que en estas fechas, algunas unidades son regaladas sucesivamente en distintas casas, pasando, como el falso dinero, el mismo ladrillo por diferentes manos.



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